A la edad
de doce años, A. aprendió que en su categoría de menesteroso los mejores
premios de esa fantasía mongólica denominada vida, estaban ya reservados, pero
no para él. Tras unas cuantas faenas humillantes consiguió unas monedas que
invirtió en el azar. El azar, que se manifestó en forma del juego de las
canicas de la feria, fue categórico en su cátedra: "Tanto en el juego de
las canicas, como en la vida misma, los mejores premios son y serán para otros,
las baratijas son para ti". Tras la revelación A. desapareció entre la
gentuza de feria con la cabeza pesada, el cuerpo vacío y con un memorama
de cartón mal impreso, que en conjunto intentaba representar a Leonardo,
Rafael, Miguel Ángel y Donatello. Esa noche A. detestó hasta a sus héroes
saurios de nombres renacentistas.
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